Leyendas de Mi Pueblo


La Jefa
17 abril, 2010, 6:26 pm
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Mi jefa, ay mi jefa, si es la que me pone mas güevona, esta noche, si esta noche entraré a su casa, llevaré uno de mis cuchillo, el más filoso, ese que compré en el oriental, primero le arrancaré los dedos de las manos, como si estuviera cortando chorizos, ya me oigo los gritos que va a pegar las vieja cabrona, me va a pagar todas las que me ha hecho.

Pero ella no esta sola en su casa, ni modo tendré que matar a su esposo y a sus dos hijos, no se va a perder mucho, el hombre es un alcohólico que vive de bar en bar, y los hijos unos vagos que van a la escuela cuando se les da la gana, solo viven fumando marihuana, en fin elimino a un borracho mas, dos lacras y una vieja pedante que me ha hecho la vida imposible durante 10 años en el trabajo.

Luego de los dedos le cortaré la lengua por haber mencionado mucho mi nombre, -hablando de lenguas ya me dio hambre-, abrí la refrigeradora y encontré solo una guayaba, me la comí porque aun no había hecho las compras, el dinero se me va rápido y en el trabajo nunca me aumentaron el salario.

Durante me comía la guayaba los pensamientos psicópatas se me habían ido, ya hasta se me olvidó el capitulo de la telenovela, pero aun me acordaba de mi jefa, creo que lo tendré que hacer porque esto que siento no me deja dormir, Salí de mi casa con el cuchillo en la cartera Channel que compré con dos salarios, me dirigí a la casa de mi jefa, salte el muro, -¿no sé como lo hice?-, pero sentía que algo estaba en mí, no era yo, era algo sobrenatural, entré a la casa y había un olor fuerte a sangre y alcohol, subí al cuarto donde dormía mi jefa, -ya sabía donde estaba porque en su cumpleaños 45 me invitó a venir-, subiendo las escalera miré rastros de sangre, abrí la puerta de la habitación y allí estaba mi jefa pero alguien se me había adelantado, estaba desollada junto a su esposo y sus hijos. – Maldita sea, alguien más había hecho el trabajo que yo quería realizar.-

A la mañana siguiente, llegué a mi trabajo como que si nada había pasado, pero todos ya sabían que a la jefa la habían matado, pero nadie sabía quien lo había hecho, ni la misma policía. Se me acercó el presidente de la compañía y me dijo que a partir de hoy yo era la nueva jefa y como si se tratara de una maldición empecé a dar órdenes.

Escrito por Néstor A Arce A.

Movimente/Flickr/CC



Carta desde el Infierno II
12 abril, 2010, 4:16 pm
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Me bajé de la cama y escuché que alguien abría la puerta trasera de mi casa, me levanté y caminé suavemente hacia ella, veía una silueta como de una mujer pero no la distinguía bien a simple vista, era una dama, pero quién se atrevería a entrar a mi casa a las 3 de la madrugada, solo podría ser ella, ¡¡sí!! La mujer que conocí en el bar de la ciudad, la que invite la otra noche a que me acompañara en mi cama y que buena compañía la que tuve ese día, encendí la luz de la cocina y la vi, si era ella.

- ¿Pero, como entraste aquí? – Le pregunté-
- La noche anterior por casualidad me quedé con una copia de tus llaves, y pues hoy decidí venir a visitarte. – Me contestó-

Movimente/Flickr/CC

Ella decidió venir a mi casa, dice que quedo encanta con mi desempeño, pero ahora la miraba un poco diferente a la primera vez, un poca descolorida, con grandes ojeras y una ropa muy estrafalaria. Pero no importa porque yo también quede impresionado esa noche con esa mujer, era una bestia en la cama, me hizo sentir como un chavalo de dieciocho años en pleno clímax.

Pasada las cuatro de la mañana, me levanté pero ese lugar no era mi casa, era un lugar oscuro, caliente y con un olor extraño, solo me acordé de las historias que me contaba mi abuela acerca del infierno, nunca le creí, pero ahora empiezo a pensar que realmente el infierno existe, no se hacia donde voy, solo noto una luz al final de este camino oscuro, empiezo a tener miedo no sé lo que me espera al terminar este camino, me acerco cada vez más, ahora estoy por llegar al final, escucho una voz, es la misma voz de la mujer de esta madrugada, pero que hace aquí, me acerco a ella y esta igual a como llegó a la casa.

-¿Natalia que haces aquí? –Le pregunté-
-solo me respondió – ¡¡Bienvenido a tu nuevo hogar!!

Entre a una habitación llena de hombres, donde todos participaban de una orgía, pero yo le dije a Natalia que yo no iba a entrar a allí, y ella me contestó, no me llames Natalia, mi verdadero nombre es Belcebú, y yo tuve relaciones sexuales con todos estos hombres y murieron al terminar de hacerlo y están condenados a mantener esta orgia hasta finales del infierno. Me rehúse a entrar a ese cuarto lleno de hombres, pero de inmediato vinieron dos tipos grandes y fortachones, mis gritos se escucharon hasta el cielo.

Escrito por Néstor A Arce A.

Movimente/Flick/CC



Carta desde el Infierno I
12 abril, 2010, 3:37 pm
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Las noches se me hacen tristes, cuando no te tengo en mi mente, cada vez te siento cerca, pero nunca me atrevo a decírtelo, amada mía que estas siempre conmigo hoy me noto más con vida cuando te miro a mi lado. Tenía que llegar ese día en que estuviéramos juntos.

Movimente/Flickr/CC

Hasta ese momento en que cogí el destornillador y me acerque a tu espalda cálida y sensual, te penetre y caíste en mis brazos, desde ese día te tengo a mi lado, aunque estés fría dentro del congelador pero, ahora miro tu rostro pálido y me apetece besarte, para mirar tus lindas manos tengo que abrir la parte de abajo de mi refrigerador, ese refrigerador que me regalo mi madre, ese refrigerador que ha compartido tu cuerpo y el de Karen, también el de Azucena, y el de Evelyn, pero el tuyo es especial porque lo guarde entero, casi entero, si no hubiese sido por la pierna que cayó al río.

Estaba allí frente a la ventana de mi casa que queda junto al río, tenía que ir al pueblo a comprar alimento, pero tenía miedo de dejarte sola, así que te saque de ese cajón blanco y frío y te puse en la parte trasera de mi troca, bajamos hacia Whiteville – así se llama mi pueblo – primero pase por la cantina bebiéndome un par de copas, porque hacía frío, luego hice las comprar y volví a montar mi troca esta vez con dirección a mi pequeña casa.

El camino era largo, así que me demoré en llegar, eran aproximadamente las 11 de la noche cuando llegue, desde lejos vi una luz encendida en la terraza de mi humilde morada, pensé que era Matilde quien me visitaba, Matilde fue mi primer amor, que termino dentro de una bolsa plástica color negro y flotando en el río de Whiteville, conforme me acercaba me di cuenta que no era Matilde sino, que eras tú, pero como podía ser posible si tu venias conmigo.

Revise la parte de atrás de mi troca y no estabas, te habías ido a casa sin mí, mi reloj marcaban las 11 con 45 minutos, entre y allí estabas junto al refrigerador, me quedaste viendo con tus ojos color verde, hermosos por cierto, pero no me dijiste nada, solo te levantases y agarraste mi navaja que guardaba en la lacena, me fije en mi reloj suizo y el tiempo iba volando al estar contigo porque marcaba las 12 con 30 minutos, te acercaste a mí y me dijiste que donde tú estabas, allí íbamos a estar mejor los dos, así que me clavaste la navaja en el pecho y caí al suelo.

Lisy/Flickr/CC

Abrí mis ojos y vi mi reloj, eran las 3 de la madrugada, pero ya no estaba en mi casa de Whiteville, sino que era un lugar oscuro, con olor extraño y mucha gente, observe a mi alrededor y vi a Karen, a Azucena y a Evelyn, y tu también estabas allí y me dijiste aquí descansaremos en paz.

Escrito por Néstor A Arce A.



La Mona Bruja – Serie Leyendas de mi Pueblo
20 marzo, 2010, 3:22 am
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Había escuchado a mi abuela contar muchas veces las historias de miedo, de la cegua, la mocuana y otros sustos que salen en casi toda Nicaragua, la taconuda, el padre sin cabeza y todas esa leyendas que se cuentan las viejitas de antes, en realidad yo no me creo esos cuentos que son para asustar a los chigüines necios, una vez doña Jacinta, mi abuMona Brujaela, estaba rodeada de todos los chavalos de la casa, mis primos, mis hermanos y unos vecinos, la señora estaba inspirada contándole a los chavalos acerca de la mona bruja, que salía bastante por aquí en mi pueblo.

-en casi todo los pueblos hay monas brujas, y la mayoría son viejas, así como yo – Decía mi abuela.

Yo había escuchado que doña Petrona, una señora como de unos sesenta y dos años, que vivía sola en la casa esquinera, decían todos en el pueblo que se convertía en la mona bruja y que se dedicaba a andar robando todo lo que hallaba mal parqueado, y que seguía a los borrachos, se andaba de palo en palo, tirándose en los techos de las casas y un montón de inventos que contaba mi abuela.

-a la vieja Petrona, se le cae el pellejo arrugado y lo deja en una vateya debajo del palo de chilamate de su casa, y se convierte en mona, pero en la madrugada que llega, con todo lo que se robo, se vuelve a poner el pellejo arrugado de vieja. –

“Se cambiaba de pellejo” eso era lo que más me daba risa, ¿cómo va hacer posible que una persona se le caiga la piel y luego se la vuelva a poner?, no, no, no, no creo eso, lo tendría que ver para creer. Yo de chavalo, como de 13 años, era bien vago y pues me andaba recorriendo todo el pueblo, me conocían casi todos, hasta parecía alcalde saludando a medio mundo. Una vez andando en la calle real del pueblo a eso de las 8 de la noche, ya bien oscuro por la falta de alumbrado público, me dirigía hacia la casa, pero un movimiento en las ramas de un Guanacaste que estaba en la casa de doña Moncha, que hacía nacatamales todos los viernes, ese día era jueves y estaban hirviendo los nacatamales por la noche, un sonido estruendoso me llamó la atención, las luces de doña Moncha ya estaban apagadas, pero había un ruido de peroles y pailas, la curiosidad me azuzó y me fui a asomar, no veía bien por la oscuridad, pero algo o alguien estaba llevándose los nacatamales, luego escuché como que alguien saltaba y se posó en la rama del Guanacaste.

Esa noche no dormí pensando si realmente la mona bruja era la que se estaba robando los nacatamales, no, creo que no, por andar pensando y escuchar las historias de mi abuela, mi mente pensó haber medio visto a la mona.

En la mañana todo el pueblo ya sabía que donde doña Moncha, la mona llegaba a robarse los nacatamales, no todos pero si una buena cantidad, salí a comprar las tortillas y todos en la calle hablaban de que otra vez la mona se le había llevado los nacatamales a doña Moncha, para ir hasta donde doña Tina, quien vende las mejores tortillas del pueblo, tenía que pasar por donde doña Moncha.

-maldita mona, se llevó 15 nacatamales, pero un día de esto Tobías le vas a meter un tiro, para que no vuelva a joder por aquí.-

Gritaba doña Moncha a su marido Tobías, regresé a la casa y mi abuela estaba hablando con una tía del mismo tema que todo el pueblo hablaba, el día transcurrió con normalidad, y en la noche mi abuela mandó a que todos metieran los chunches que estaban afuera porque la mona andaba suelta y se podía robar lo que hallara, todos nos fuimos a dormir temprano, los mas miedosos estaban cobijados de pie a cabeza, pero yo estaba con la inquietud de salirme de la casa para ir al Guanacaste de donde doña Moncha, para ver si podía ver a la tal mona.

Me salí de la casa por la puerta de la cocina, que solo estaba trancada por un palo y sin hacer bulla me salí y me fui a parar enfrente del Guanacaste, creo que eran como las ocho y media, estaba bien oscuro, a lo lejos miraba brillar los ojos de un perro, me senté a la orilla del Guanacaste a esperar que la mona llegara, trascurrió casi como dos horas y la dichosa mona que no aparecía, diez minutos más pasaron, cuando escuché.

-Ay va la mona Tobías, pégale, pégale – le decía doña Moncha a su esposo.

-Hoy te mato mona hijueputa – le gritaba don Tobías a la mona.

Tres balazos se escucharon. La mona había aparecido por otro lado, esta vez no se tiró del Guanacaste, pero llego queriendo robarse una gallina, según doña Moncha.

-Le di en la pata, le di Moncha, le di – repetía don Tobías.

Diez minutos con los ojos cerrados bastaron para que yo no viera a la mentada mona, todos los de la cuadra de doña Moncha se despertaron por el ruido de los disparos de la escopeta, dicen unos que don Tobías le di en el rabo a la mona, otros gritaban que había sido en la pata, pero en realidad no podía creerlo, porque yo no vi a la mona. Tuve que regresar caminando bajo la luna plateada, las casi ocho cuadras abajo para llegar a la casa, entre por donde salí, creo que ya eran como la una de la madrugada, tuve que dormirme.

En la mañana, como siempre iba a comprar las tortillas, la nueva conversación de la gente era que a doña Petrona tenía una señal como de balazo en la canilla derecha, todos dicen que ella es la mona, que persigue a los bolos, que se roba las gallinas y los nacatamales de doña Moncha, los chigüines cuando miraron salir a doña Petrona con el pie amarrado con una tira de tela blanca, le gritaban que era la vieja mona, todos en la calle le decían vieja mona.

Tres semanas que no aparecía la mona, desde que a doña Petrona le apareció de la nada aquella marca de bala en la pierna, nadie volvió a ver a la mona, ni a doña Petrona por las calles del pueblo, algunos dicen que se fue a otro pueblo a seguir asustando y molestando, por aquí ya no podía seguir haciéndolo porque ya la habían descubierto, otros que el diablo se la llevo, por haberse dejado descubrir, la casa de doña Petrona quedó sola y la mona no volvió a llevarse los nacatamales, ni volvió a brincar en los techos de las casas, todos dicen que doña Petrona era la mona.

Aunque no logré ver a la mona, creo que si existe, casualidad o no, doña Petrona apareció baleada al mismo tiempo que le dieron a la mona. Desde que doña Petrona se fue, el pueblo de Ticuantepe no ha vuelto a ver ni escuchar de la mona.




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